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Equipo de Grupos Misioneros - Arquidiócesis de Resistencia Los GRUPOS MISIONEROS: SU IDENTIDAD.
Definiciones de Grupos Misioneros: “El grupo Misionero es un grupo de personas que, superando la estrechez de sus propios limites sociales, culturales, religiosos y geográficos, se lanza más allá de sus propias fronteras, para emprender una tarea evangelizadora en situaciones que requieren un primer anuncio o un anuncio nuevo del Evangelio y una renovada y vital presencia de la Iglesia ”. (CONAMIS, Apuntes para los Grupos Misioneros , OMP, Bs. As. 2002) “Son grupos integrados mayormente por laicos (jóvenes y adultos) , que se proponen responder al llamado de Dios a la vocación misionera ad gentes , obedeciendo el mandato de Jesucristo de "ir por todo el mundo y anunciar la Buena Nueva a toda la creación" (Mc 16,15). Muchos de ellos cuentan también con religiosos y/o sacerdotes entre sus miembros. Para ello, conforman grupos en Parroquias, Colegios religiosos o Universidades, en los cuales puedan recorrer en comunidad el camino del descubrimiento de la vocación misionera”. ( Manual de Grupos Misioneros, Arq. de Salta) “Si bien cada bautizado es un misionero , algunos de la Iglesia asumen más explícitamente este llamado ¿por qué? Porque son los que se saben enviados a llevar esta Buena Noticia a aquellos que están más allá de sus propios ambientes cotidianos. Son los que descubren que hay hermanos más allá de sus propios ambientes cotidianos. Son los que descubren que hay hermanos más allá de las fronteras de su familia, comunidad, pueblo o nación. Tienen el deseo de que todo hombre sepa que Jesús lo ha salvado y ha hecho de todos una sola familia. (CONAMIS, Encuentros de formación para grupos misioneros I, 2ª Edic, Conamis. Bs.As.) Al mirar con más detenimiento estas definiciones sobre los Grupos Misioneros, descubrimos que no son tan divergentes entre sí, sino más bien tienen varios puntos en común y algunos elementos que se complementan unos a otros, vamos a detenernos e intentar acercarnos a algunos de estos puntos para poder ir descubriendo nuestra identidad:
“grupo de personas que, superando la estrechez de sus propios limites” - “Cada Bautizado es Misionero” Esta afirmación nos abre a un tema que es prioritario en nosotros, integrantes de Grupos Misioneros (GM), ya que nos abre la puerta a nuestra identidad cristiana que es estructuralmente misionera, una casa sin estructuras se cae, bueno nuestra identidad cristiana sin la dimensión misionera no seria cristiana, ya que es algo que pertenece a la naturaleza de todo cristiano. Pero veamos donde la Iglesia nos enseña esto. En la historia de la Iglesia hay varios momentos que marcaron hitos, marcaron un antes y después, uno de esos acontecimientos ha sido el Concilio Vaticano II (CVII); en este concilio realizado entre los años 1962 y 1965, se ha promulgado un decreto sobre la actividad misional: el Decreto Ad Gentes, este decreto en su capítulo primero sienta las bases de la teología misionera y afirma que: “la Iglesia peregrinante es misionera, por su misma naturaleza, puesto que procede de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre” (AG 2). “La obligación principal de éstos (laicos), hombres y mujeres, es el testimonio de Cristo, que deben dar con la vida y con la palabra en la familia, en el grupo social y en el ámbito de su profesión. Debe manifestarse en ellos el hombre nuevo creado según Dios en justicia y santidad verdaderas. Han de reflejar esta renovación de la vida en el ambiente de la sociedad y de la cultura patria, según las tradiciones de su nación. Ellos tienen que conocer esta cultura, restaurarla y conservarla, desarrollarla según las nuevas condiciones y, por fin perfeccionarla en Cristo, para que la fe de Cristo y la vida de la Iglesia no sea ya extraña a la sociedad en que viven, sino que empiece a penetrarla y transformarla. Únanse a sus conciudadanos con verdadera caridad, a fin de que en su trato aparezca el nuevo vínculo de unidad y de solidaridad universal, que fluye del misterio de Cristo. Siembren también la fe de Cristo entre sus compañeros de vida y de trabajo, obligación que urge más, porque muchos hombres no pueden oír hablar del Evangelio ni conocer a Cristo más que por sus vecinos seglares. Más aún, donde sea posible, estén preparados los laicos a cumplir la misión especial de anunciar el Evangelio y de comunicar la doctrina cristiana, en una cooperación más inmediata con la Jerarquía para dar vigor a la Iglesia naciente. ” (AG 21c-d). “Todos los fieles, como miembros de Cristo viviente, incorporados y asemejados a El por el bautismo, por la confirmación y por la Eucaristía, tienen el deber de cooperar a la expansión y dilatación de su Cuerpo para llevarlo cuanto antes a la plenitud (Cf. Ef ., 4,13). Por lo cual todos los hijos de la Iglesia han de tener viva conciencia de su responsabilidad para con el mundo, han de fomentar en sí mismos el espíritu verdaderamente católico y consagrar sus fuerzas a la obra de la evangelización. Conozcan todos, sin embargo, que su primera y principal obligación por la difusión de la fe es vivir profundamente la vida cristiana. Pues su fervor en el servicio de Dios y su caridad para con los demás aportarán nuevo aliento espiritual a toda la Iglesia, que aparecerá como estandarte levantado entre las naciones (Cf. Is ., 11,12) "luz del mundo" ( Mt . 5,14) y "sal de la tierra" ( Mt ., 5,13). Este testimonio de la vida producirá más fácilmente su efecto si se da juntamente con otros grupos cristianos según las normas del decreto sobre el ecumenismo (AG 36 a-b). Aparte del Decreto conciliar, recibimos de la mano de Pablo VI la Exhortación postsinodal: Evangelii Nuntiandi (EN) 1975 y Más tarde, en 1990, Juan Pablo II redactaría su carta encíclica “Redemptoris Missio” (RMi), que recogerá todo el fruto de la reflexión misionológica de sus predecesores. En estos documentos también encontramos referencia a la identidad misionera de los laicos: Finalmente, el que ha sido evangelizado evangeliza a su vez. He ahí la prueba de la verdad, la piedra de toque de la evangelización: es impensable que un hombre haya acogido la Palabra y se haya entregado al reino sin convertirse en alguien que a su vez da testimonio y anuncia. (EN 24a) No se da testimonio sin testigos, como no existe misión sin misioneros. Para que colaboren en su misión y continúen su obra salvífica, Jesús escoge y envía a unas personas como testigos suyos y Apóstoles: "Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra" (He 1, 8). Los Doce son los primeros agentes de la misión universal: constituyen un "sujeto colegial" de la misión, al haber sido escogidos por Jesús para estar con él y ser enviados "a las ovejas perdidas de la casa de Israel" (Mt 10, 6). Esta colegialidad no impide que en el grupo se distingan figuras singularmente, como Santiago, Juan y, por encima de todos, Pedro, cuya persona asume tanto relieve que justifica la expresión: "Pedro y los demás Apóstoles" (He 2, 14. 37). Gracias a él se abren los horizontes de la misión universal en la que posteriormente destacará Pablo, quien por voluntad divina fue llamado y enviado a los gentiles (Cf. Gal 1, 15-16). En la expansión misionera de los orígenes, junto a los Apóstoles encontramos a otros agentes menos conocidos que no deben olvidarse: son personas, grupos, comunidades. Un típico ejemplo de Iglesia local es la comunidad de Antioquía que, de evangelizada, pasa a ser evangelizadora y envía sus misioneros a los gentiles (Cf. He 13, 2-3). La Iglesia primitiva vive la misión como tarea comunitaria, aun reconociendo en su seno a "enviados especiales" o "misioneros consagrados a los gentiles", como lo son Pablo y Bernabé (RMi 61). 72. Los sectores de presencia y de acción misionera de los laicos son muy amplios. "El campo propio... es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía..." a nivel local, nacional e internacional. Dentro de la Iglesia se presentan diversos tipos de servicios, funciones, ministerios y formas de animación de la vida cristiana. Recuerdo, como novedad surgida recientemente en no pocas Iglesias, el gran desarrollo de los "Movimientos eclesiales", dotados de dinamismo misionero. Cuando se integran con humildad en la vida de las Iglesias locales y son acogidos cordialmente por Obispos y sacerdotes en las estructuras diocesanas y parroquiales, los Movimientos representan un verdadero don de Dios para la nueva Evangelización y para la actividad misionera propiamente dicha. Por tanto, recomiendo difundirlos y valerse de ellos para dar nuevo vigor, sobre todo entre los jóvenes, a la vida cristiana y a la evangelización, con una visión pluralista de los modos de asociarse y de expresarse. En la actividad misionera hay que revalorar las varias agrupaciones del laicado, respetando su índole y finalidades: asociaciones del laicado misionero, organismos cristianos y hermandades de diverso tipo; que todos se entreguen a la misión ad gentes y la colaboración con las Iglesias locales. De este modo se favorecerá el crecimiento de un laicado maduro y responsable, cuya "formación... se presenta en las jóvenes Iglesias como elemento esencial e irrenunciable de la plantatio Ecclesiae " (RMi 71-72). También encontramos algunas claves a nivel nacional y los documentos: Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización (LPNE) y Navega Mar Adentro (NMA): A diferencia de la primera evangelización que fue realizada por los misioneros, la Nueva Evangelización ha de ser protagonizada por cada uno de los bautizados, insertados como miembros vivos y activos en el cuerpo de la Iglesia. A partir del CVII, el Pueblo de Dios tiene conciencia creciente de que por la incorporación a Cristo en el Bautismo, estamos llamados a irradiar su Evangelio con el testimonio de vida y la trasmisión de su palabra. Pablo VI hizo explicita la tarea que compete a todos los fieles bautizados, indicando que “el campo propio de su acción evangelizadora, es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida… LPNE 38 Para que el anuncio de Jesucristo y la promoción de la dignidad humana sean ofrecidos a toda la sociedad argentina, convocamos a cada uno de los Bautizados a ser protagonistas activos de esta gesta evangelizadora nueva en los ambientes y sectores que le son propios… LPNE 40 Reconocemos el potencial misionero de todo el pueblo bautizado como protagonista, no sólo destinatario, de la Nueva Evangelización. Para ello, es de primera importancia atender a la religiosidad de nuestro pueblo, no sólo asumiéndola como objeto de evangelización sino también, por estar ya en alguna medida evangelizada, como fuerza activamente evangelizadora. Valoramos y queremos acompañar el actuar misionero espontáneo y habitual del pueblo de Dios. Hay una búsqueda de Dios que se percibe en las manifestaciones de la piedad popular, que otorga identidad cultural a nuestro pueblo y es transmisora de verdadera fe católica” (NMA 76). Somos misioneros porque hemos recibido un bien que no queremos retener en la intimidad. Es lo que todo ser humano necesita encontrar. Lo que hemos visto y oído reclama que lo transmitamos a quienes quieran escucharnos. La Iglesia existe para evangelizar. Tiene como centro de su misión convocar a todos los hombres al encuentro con Jesucristo. Esta misión que Dios nos confía exige luchar contra nuestras inclinaciones egoístas y contra cualquier desánimo. La riqueza de la Buena Noticia reclama evangelizadores convencidos y entusiastas, como los primeros cristianos, que daban testimonio de su fe con clara coherencia. Cuando somos testigos valientes y fervorosos, experimentamos que evangelizar es verdaderamente la dicha y la vocación propia de la Iglesia. Porque somos depositarios de un tesoro que humaniza, que aporta vida, luz y salvación. Conservemos el fervor espiritual. No perdamos la dulce y confortadora alegría de evangelizar. Nada en la Iglesia tiene sentido si no se orienta a esta ardiente audacia misionera, ya que ella es evangelizadora por naturaleza. (NMA 15-16). “responder al llamado de Dios a la vocación misionera ad gentes” En esta línea de reflexión es evidente que debemos colocar a la tarea misionera dentro una vocación especifica que como vimos anteriormente se apoya en la vocación cristiana. Si miramos nuestra tarea misionera descubrimos que la misión es algo que brota de nuestra identidad, es una actividad que nos hace ser felices, es una actividad que no hace ser misioneros. A estas alturas nos animamos a afirmar que la tarea misionera brota de una vocación especifica, de un llamado especifico que Dios nos hizo, es un llamado que se diferencia de cualquier otro, es un llamado que no se cierra en sí mismo sino que nos abre la puerta a la familia eclesial, nos abre la puerta a la disponibilidad de todas las otras pastorales, y esto lo comprobamos en nuestras actividades misioneras de verano, donde uno es Celebrante de la Palabra, Catequista, Ministro Extraordinario de la Eucaristía, es instrumento para cualquier situación que demande hacer presente a la Iglesia, instrumento del Reino. El CVII nos dice que “Aunque a todo discípulo de Cristo incumbe la tarea de propagar la fe, según su condición, Cristo Señor, de entre los discípulos, llama siempre a los que quiere, para que lo acompañen y para enviarlos a predicar a las gentes. Para lo cual, por medio del Espíritu Santo, que distribuye los carismas según quiere para común utilidad, inspira la vocación misionera en el corazón de cada uno y suscita al mismo tiempo en la Iglesia distintos Institutos, que asuman como misión propia el deber de la evangelización, que pertenece a toda la Iglesia” (AG 23). Se trata de una vocación específica, cuya característica es el compromiso total y de por vida, al servicio de la evangelización. Es una vocación que luego de haberla vivido, nos deja de tal manera que nunca más volvemos a vivir de otra manera, todas nuestras acciones serán desde una mirada de Anuncio, explícito o implícito. Pero volvamos nuestra mirada sobre los Textos Bíblicos y veamos algunas circunstancias donde hay alguna invitación a vivir de esta manera: Moisés: Ex 3 – 4; Isaías Is 6, 1ss; Jeremías Jer 1, 5ss; Samuel 1Sam 3, 1-18; María Lc. 1, 26-56; Discípulos Mc 1,16 ss; 2,13; 3,13; 6,6; Lc 5,1ss.27; 6,12ss; 8,1 (mujeres) Pablo He 9, 3ss Después de esta selección de textos entre muchos, hay una idea clara que queda dando vuelta, y es que si hay un llamado es porque alguien llamó, en el AT Papá Dios invitará a algunos a colocarse al frente de su Pueblo para guiarlos y hablarles en nombre de Él, pero en el NT es Jesús mismo quien llama a algunos, a los que Él quiere, para que estén con Él y para enviarlos a predicar (Mc 3,13-14), esto es muy claro y aquí es donde debemos fundar nuestro llamado vocacional a la misión. “tarea evangelizadora” - “mandato de Jesucristo” Nuestra tarea podemos decir que brota de un mandato evangélico (Mt 28, 19-20) y que este mandato ha sido asumido por nuestra Iglesia y por la reflexión misionológica del Decreto AG. “La razón de esta actividad misional se basa en la voluntad de Dios, que "quiere que todos los hombres sean salvos y vengas al conocimiento de la verdad. Porque uno es Dios, uno también el mediador entre Dios y los hombres, el Hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo para redención de todos", "y en ningún otro hay salvación". Es, pues, necesario que todos se conviertan a El, una vez conocido por la predicación del Evangelio, y a El y a la Iglesia, que es su Cuerpo, se incorporen por el bautismo” (AG 7). Si el fin de nuestra actividad misionera es la Salvación de todos los hombres, es una actividad que nos deviene de Dios mismo, ya que Él es el Salvador, nosotros participamos de la única misión del Hijo, pero nos podríamos preguntar, ¿el Hijo trabajo solo? Para responder esto veamos la dimensión Trinitaria de la misión. La misión del Padre: El Padre es amor fontal, principio y origen de todo, incluso la misma Divinidad. (AG 2) Crea a los hombres y los invita a participar con El en la vida y en la gloria. Nos constituye en un pueblo para conformar la unidad de los hijos de Dios. Decide entrar en la historia de la humanidad e un modo nuevo, enviando a su Hijo. La misión del Hijo: Si bien el Hijo ya estaba presente y actuante desde la misma creación (todas las cosas fueron creadas por El), su misión se inicia en la encarnación. Fue enviado al mundo por medio de la encarnación, como verdadero mediador entre Dios y los hombres. (AG 3). Vino a buscar y salvar lo que estaba perdido (AG 3, Lc 19,10) para dar su vida para redención de muchos, es decir, de todos , y arrancar por su medio a los hombres del poder de las tinieblas y de Satanás. El es el único Salvador y nadie va al Padre sino por El (RM 5-6) Cristo hace presente el Reino de Dios, a quien llama “Abba” = papá (RM 13). Al resucitar Jesús, se inaugura definitivamente el Reino (RM 10) Jesucristo concluye su misión con el mandato misional (Mt 28,18-20; Mc 16,15-18; Lc 24 46-69; He 1,4-8¸ Jn 20,21-23) presente en los cuatro evangelios. La misión del Espíritu Santo: Si bien el Espíritu Santo también está presente y actuante desde la creación, su misión se inicia en Pentecostés. Fue enviado por Cristo de parte del Padre, para que realizara interiormente su obra salvífica e impulsara a la Iglesia hacia su propia dilatación. (AG 4). En Pentecostés, el Espíritu Santo da comienzo a la misión de la Iglesia, convirtiendo a los apóstoles en testigos y profetas (He 1,8; 2,17-18), impulsándolos a transmitir a los demás su experiencia de Jesús. (RM 24) Es el protagonista de la misión: Algunas veces hasta se anticipa a la acción apostólica (He 10,44-47; 11,15) lo mismo que la acompaña y dirige incesantemente (He 4,8; 5, 32; 9,31) (AG 4, RM 24-25) Hace misionera a toda la Iglesia: primero porque hace comunidad a los creyentes en Cristo (He 2,42-47; 4,31), y esta comunidad asume la misión como fruto normal de su vivencia del resucitado (RM 26) Está presente y operante en todo tiempo y lugar: su acción trasciende la acción de la Iglesia, puesto que El actúa en el corazón de los hombres sembrando en ellos las “semillas del Verbo”, incluso en las iniciativas religiosas, en los esfuerzos de la actividad humana encaminados a la verdad, al bien y a Dios, más allá de las fronteras de la Iglesia y de su acción evangelizadora. (RM 28-29) “primer anuncio o un anuncio nuevo del Evangelio” Cuando escuchamos estas palabras inmediatamente nos surge una pregunta: ¿cuál es el contenido de anuncio? ¿Es correcto hablar de un primer anuncio, un segundo, un tercero? Detengámonos nuevamente sobre la EN y la RMi y veamos que nos afirman sobre este tema: “Evangelizar es, ante todo, dar testimonio , de una manera sencilla y directa, de Dios revelado por Jesucristo mediante el Espíritu Santo. Testimoniar que ha amado al mundo en su Verbo Encarnado, ha dado a todas las cosas el ser y ha llamado a los hombres a la vida eterna. Para muchos, es posible que este testimonio de Dios desconocido (55), a quien adoran sin darle un nombre concreto, o al que buscar por sentir una llamada secreta en el corazón, al experimentar la vacuidad de todos los ídolos. Pero este testimonio resulta plenamente evangelizador cuando pone de manifiesto que para el hombre el Creador no es un poder anónimo y lejano: es Padre. «Nosotros somos llamados hijos de Dios, y en verdad lo somos» (56) y, por tanto, somos hermanos los unos de los otros, en Dios” (EN26). “La evangelización también debe contener siempre -como base, centro y a la vez culmen de su dinamismo- una clara proclamación de que en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, se ofrece la salvación a todos los hombres, como don de la gracia y de la misericordia de Dios (57). No una salvación puramente inmanente, a medida de las necesidades materiales o incluso espirituales que se agotan en el cuadro de la existencia temporal y se identifican totalmente con los deseos, las esperanzas, los asuntos y las luchas temporales, sino una salvación que desborda todos estos límites para realizarse en una comunión con el único Absoluto Dios, salvación trascendente, escatológica, que comienza ciertamente en esta vida, pero que tiene su cumplimiento en la eternidad” (EN26). El cometido fundamental de la Iglesia en todas las épocas y particularmente en la nuestra -como recordaba en mi primera Encíclica programática- es " dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo "(RMi 4). ¿Por qué la misión? Porque a nosotros, como a San Pablo, "se nos ha concedido la gracia de anunciar a los gentiles las inescrutables riquezas de Cristo" (Ef. 3, 8). La novedad de vida en él es la "Buena Nueva " para el hombre de todo tiempo: a ella han sido llamados y destinados todos los hombres. De hecho, todos la buscan, aunque a veces de manera confusa, y tienen el derecho a conocer el valor de este don y la posibilidad de alcanzarlo. La Iglesia y, en ella, todo cristiano, no puede esconder ni conservar para sí esta novedad y riqueza, recibidas de la divina bondad para ser comunicadas a todos los hombres. He ahí por qué la misión, además de provenir del mandato formal del Señor, deriva de la exigencia profunda de la vida de Dios en nosotros. Quienes han sido incorporados a la Iglesia han de considerarse privilegiados y, por ello, mayormente comprometidos en testimoniar la fe y la vida cristiana como servicio a los hermanos y respuesta debida a Dios, recordando que "su excelente condición no deben atribuirla a los méritos propios sino a una gracia singular de Cristo, no respondiendo a la cual con pensamiento, palabra obra, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad" (RMi 11c-d). Con esto descubrimos que el contenido fundamental de nuestra actividad Misionera debe ser la Persona de Jesucristo, muerto y resucitado, a esto lo llamamos Kerygma. Si bien muchas veces se utilizan como sinónimo las palabras “Evangelización” (término que pone énfasis en la predicación del Evangelio) y “Misión” (que pone énfasis en el mandato o envío) es importante distinguir la actividad específicamente misionera dentro de la obra evangelizadora de la Iglesia. a) Misión El término “misión” proviene del verbo latino “mittere” que significa enviar. De aquí que la palabra misión lleva consigo las ideas de “envío”, “delegación”, “encargo recibido”. También lo podemos relacionar con su equivalente griego “apostello”, del cual deriva la palabra apóstol. Esta idea de “enviado” sí está presente en el Antiguo Testamento para referirse a los que Dios elige y envía (para esto se utilizaba el término hebreo “saliah”). Este “envío” no se entiende en el sentido geográfico, aunque tampoco lo excluye, sino en el sentido teológico. En la teología medieval aparece el término “misión” en la reflexión teológica acerca de la Trinidad: el Padre “envía” al Hijo; el Padre y el Hijo “envían” al Espíritu Santo. A partir del siglo XVI, el término “misión” se utiliza para indicar la tarea de la Iglesia desarrollada en la evangelización de América, aunque entendiéndola como una actividad de tipo institucional promovida por el papado. Hasta entonces, la labor evangelizadora de la Iglesia se explicaba con términos como predicación apostólica, predicación del Evangelio, propagación de la fe, conversión de los gentiles, conversión de los infieles, etc. Los encargados de realizar esta tarea recibían el nombre de “Obreros o Ministros Santos del Evangelio”, “Encargados de convertir a los infieles”. Los protestantes los llamaban “Plantadores de Iglesias” b) Evangelización El término “evangelización” proviene del griego “eu-angello” que significa “buena noticia”. Pone de relieve lo que hace la Iglesia a través de sus enviados: servir al Evangelio, mostrar la presencia del Reino d Dios y proclamar la Buena Nueva. Este término es mucho más nuevo que misión. Fue utilizado por los protestantes mucho antes que nosotros bajo la forma de “evangelismo” y adoptado por nuestra Iglesia como “evangelización” en el siglo XX, popularizándose su uso luego del Concilio Vaticano II. Como ya se dijo anteriormente, “Misión”, en un sentido amplio, significa el cometido que tiene que cumplir la Iglesia en el mundo, aquello para lo que ha sido enviada, aquel encargo que Cristo le ha encomendado. En este sentido es que AG 7 afirma que “la Iglesia tiene el derecho y el deber de evangelizar”, lo cual constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda (EN 14). Por lo tanto: la misión de la Iglesia es evangelizar. Todo el trabajo que la Iglesia hace para anunciar al mundo el Evangelio, recibe el nombre de Evangelización. Las diferencias en cuanto a la actividad dentro de esta misión evangelizadora de la Iglesia nacen de las diversas circunstancias en las que ésta se desarrolla. Mirando al mundo actual, desde el punto de vista de la evangelización, se pueden distinguir tres situaciones (Cf. RMi 33): Primera Evangelización (= Misión Ad Gentes = Actividad Misionera Específica): Es aquella actividad misionera de la Iglesia que se dirige a pueblos, grupos humanos, contexto socioculturales donde Cristo y su Evangelio no son conocidos, o donde faltan comunidades cristianas suficientemente maduras como para poder encarnar la fe en el propio ambiente y anunciarla a otros grupos. Es la actividad evangelizadora que se dirige a "los que todavía no" son cristianos. Actividad Pastoral (= Atención Pastoral = Pastoral de Conservación): Hay también comunidades cristianas con estructura eclesiales adecuadas y sólidas; tienen un gran fervor de fe de vida; irradian el testimonio del Evangelio en su ambiente y sienten el compromiso de la misión universal. En ellas se desarrolla la actividad o atención pastoral de la Iglesia. Es la actividad evangelizadora que se dirige a "los que ya" son cristianos. Mientras la Actividad Misionera usa una metodología de conversión individual, la Actividad Pastoral es más bien grupal o masiva. Nueva Evangelización (= Reevangelización): Se da, por último, una situación intermedia, especial mente en los países de antigua cristiandad, pero a veces también en las Iglesias más jóvenes, donde grupos enteros de bautizados han perdido el sentido vivo de la fe o incluso no se reconocen ya como miembros de la Iglesia, llevando una existencia alejada de Cristo y de su Evangelio. En este caso es necesaria una "nueva evangelización" o "Reevangelización". Es la actividad evangelizadora que se dirige a "los que ya no" son cristianos. A- “presencia de la Iglesia”- “recorrer en comunidad” La actividad misionera nunca es un emprendimiento particular, siempre se lo realiza en comunidad, siempre se lo realiza en nombre de la Iglesia y es ella quien nos envía, por más que en algunas circunstancias se demande la soledad de un cristiano, siempre donde se encuentre un cristiano viviendo su identidad misionero, anunciando el nombre de Jesús, junto con el está la Iglesia, esto lo encontramos afirmado en Evangelii Nuntiandi: “La constatación de que la Iglesia es enviada y tiene el mandato de evangelizar a todo el mundo, debería despertar en nosotros una doble convicción. Primera: evangelizar no es para nadie un acto individual y aislado, sino profundamente eclesial . Cuando el más humilde predicador, catequista o Pastor, en el lugar más apartado, predica el Evangelio, reúne su pequeña comunidad o administra un sacramento, aun cuando se encuentra solo, ejerce un acto de Iglesia y su gesto se enlaza mediante relaciones institucionales ciertamente, pero también mediante vínculos invisibles y raíces escondidas del orden de la gracia, a la actividad evangelizadora de toda la Iglesia. Esto supone que lo haga, no por una misión que él se atribuye o por inspiración personal, sino en unión con la misión de la Iglesia y en su nombre. De ahí, la segunda convicción: si cada cual evangeliza en nombre de la Iglesia, que a su vez lo hace en virtud de un mandato del Señor, ningún evangelizador es el dueño absoluto de su acción evangelizadora , con un poder discrecional para cumplirla según los criterios y perspectivas individualistas, sino en comunión con la Iglesia y sus Pastores. La Iglesia es toda ella evangelizadora, como hemos subrayado. Esto significa que para el conjunto del mundo y para cada parte del mismo donde ella se encuentra, la Iglesia se siente responsable de la tarea de difundir el Evangelio (EN 60). La misión de la Iglesia La Iglesia nace de la acción evangelizadora de Jesús y los Doce (EN 15). El Señor Jesús, ya desde el principio llamó a sí a los que El quiso y designó a doce para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar (Mc 3,13). Nacida de la misión de Jesucristo, la Iglesia es, a su vez, enviada por El (EN 15). Después, cuando con su muerte y resurrección Jesús había completado la obra de la salvación, antes de subir al cielo (He 1,11), fundó su Iglesia como sacramento de salvación y envió a los apóstoles a todo el mundo como El había sido enviado por el Padre (Jn 20,21) a anunciar esa salvación. (AG 5). La Iglesia prolonga y continúa la misión de Jesucristo (EN 15). En este sentido, la Iglesia es sacramento universal de salvación (AG 1 – RM 9), esto es, debe hacer presente en el mundo la salvación ofrecida por Dios a todos los hombres (sacramento quiere decir signo sensible de la presencia y la acción de Dios en medio de los hombres). La comunidad cristiana no se agota en sí misma, puesto que su vida íntima (vida de oración, escucha de la Palabra, práctica de la caridad fraterna, fracción del pan) no alcanza plenamente su fuerza y su energía sino cuando pasa al testimonio, engendra la admiración y la conversión de los espíritus y llega a cabo la predicación y el anuncio del Evangelio. Evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma. Siempre tiene necesidad de ser evangelizada si quiere conservar su frescor, su impulso y su fuerza para anunciar el Evangelio (EN15). Es depositaria de la Buena Noticia que debe ser anunciada. Ella conserva como un depósito viviente y precioso el contenido del evangelio, no para tenerlo escondido sino para comunicarlo (EN 15) Enviada y evangelizada, la Iglesia misma envía a los evangelizadores, pone en su boca la Palabra que salva, les explica el mensaje del que ella misma es depositaria, les da el mandato que ella ha recibido y los envía a predicar. (EN 15) La Iglesia peregrinante es, por su naturaleza, misionera, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el propósito de Dios Padre (AG 2) Evangelizar constituye la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar. (EN 14) Andrés Fabián Espíndola Arquidiócesis de Resistencia |
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